Tagging Tour Santa Pola: charla de pesca responsable con Fede Valls



En medio de las jornadas del Tagging Tour de Santa Pola de junio de 2023 —presentación en el ayuntamiento el lunes, charla sobre economía circular y otra sobre el biotopo de Torredembarra el martes, descanso el miércoles— llegó el jueves este pequeño seminario de pesca responsable y ciencia ciudadana, la última parada antes de que empezara el marcaje de verdad. Lo grabé porque Fede Valls, director del Tagging Tour, dio ahí una clase que a mí me parece que cualquier pescador recreativo debería escuchar entera.

Empezó por algo incómodo: los que vamos a estos eventos somos, nos guste o no, prescriptores. La gente que ve un vídeo de Scientific Angler no ve una anécdota, ve un modelo a imitar. Y citó a Cousteau: la gente protege aquello que ama, pero solo amamos aquello que conocemos. De ahí, dijo, viene toda la responsabilidad de aprender bien las cosas antes de salir a pescar.

Enseñó dos fotos. Una en blanco y negro, del 21 de abril de 1959, de un grupo de amigos posando con un pez muerto colgado. Otra, de color, de un evento de marcaje de tintoreras en Cataluña el año pasado, con el pez vivo y varias personas cuidándolo. Sesenta años de diferencia y, según él, la misma cantidad de conciencia que nos ha costado generar.

Explicó una distinción que a mí me aclaró algo que llevaba tiempo confundiendo: la talla mínima no es una medida biológica, es un acuerdo político entre científicos que piden una cosa y pescadores que piden otra. La talla de primera madurez, en cambio, es el tamaño en el que el 50% de los peces de esa especie ya se ha reproducido al menos una vez. Los recreativos, dijo, no necesitamos ganar dinero con la pesca, así que nos podemos permitir el lujo de pescar por encima de esa talla de madurez, no de la mínima legal.

Sobre el bienestar animal fue directo: los peces sufren, tienen sistema nervioso, y el cubo de agua en el muelle es la peor tortura que se les puede infligir, una asfixia lenta. Cuando el pez cambia de color al sacarlo, dijo, no es que se ponga bonito, es la señal visible del estrés. Y hay tres cosas que garantizan que un pez suelto sobreviva de verdad: que no haya agotado toda su energía en la pelea, que no tenga daños físicos ni haya sufrido de más, y que no se infecte por el contacto con nuestras manos, con la cubierta o con las agallas.

Fede resumió la carrera de un pescador responsable en tres escalones: primero aprender a hacer bien la captura y suelta, después el data collection —medir el pez en un ictiómetro y fotografiarlo para la ciencia—, y solo entonces, marcaje. Contó que él mismo dejó de pescar quince años cuando el atún se puso de moda, porque su propia carrera había empezado a los cuatro años con lombrices y cangrejos en la playa, y el atún era el último escalón, no un atajo. Con las redes, dijo, esa escalera se ha saltado: la gente llega directa al atún sin haber pasado por nada de lo anterior.

Los números que dio de su propio grupo en Cataluña, la CPR, me parecieron el mejor argumento posible a favor de todo esto: el año pasado pescaron 1.493 peces entre eventos y salidas propias, 983 pasaron por el ictiómetro, marcaron 80, se llevaron a casa 375 para comer y soltaron 1.118. Un impacto de consumo del 25% sobre el total. Y detrás hay pruebas concretas de que la captura y suelta funciona de verdad: un dentón marcado el 9 de septiembre y recapturado el 30 de diciembre a 127 metros de donde lo pescaron, en la misma piedra; otro recapturado a 54 metros; un atún recapturado hasta tres veces.

Cerró contando algo que le habían mandado esa misma semana: un vídeo de alguien dándole una patada a un atún marcado en la popa del barco para que se fuera. Ese gesto, dijo, es justo lo contrario de todo lo que habíamos hablado esa tarde. Y volvió al principio: la gente protege lo que ama, y solo se ama lo que se conoce.

Vídeo completo: https://www.youtube.com/watch?v=FRLIzZ7A6b8

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