Marcaje de peces y ciencia ciudadana



El 9 de abril de 2024 abrí mi canal para el primero de tres webinars que organizamos junto con Scientific Angler dentro del Campus Open del Tagging Tour. Fede Valls, director del Tagging Tour, hizo de moderador desde mi propia casa —con la confianza de quien ya se siente cómodo ahí, dijo— y reunió a cinco invitados para hablar de marcaje de peces y ciencia ciudadana: Tristán Rouyer, de IFREMER; Pablo Arechavala, del CSIC-IMEDEA; Iñigo Onandia y Maite Erauskin-Extramiana, de AZTI; y Pedro Llinás, patrón de la embarcación Ártic y pescador recreativo como yo.

La conversación arrancó por los tipos de marca que se usan hoy en el mar: desde la etiqueta espagueti de toda la vida hasta las marcas acústicas, que emiten una señal que solo se puede captar con un hidrófono en el agua —bajo el agua el satélite no sirve de nada, explicó Pablo Arechavala. Cuantos más receptores haya repartidos por la costa, más probabilidades de que esa señal se recoja; de ahí la European Tracking Network, la red que permite que un pez marcado en Noruega se detecte en España y que el dato se comparta entre investigadores.

Iñigo Onandia, que ha puesto entre diez y veinte mil marcas a lo largo de su carrera —sobre todo espaguetis, en campañas de marcado masivo de atunes tropicales— insistió en algo que a los pescadores nos suena raro la primera vez que lo oímos: no marcan a los peces para saber por dónde nadan y contárselo a otros pescadores, sino para dar a los gestores datos con los que fijar cuotas de forma razonada. Contó el caso de un atún de 6 kilos marcado que apareció catorce años después en Malta, con una marca que había guardado casi cinco años de información diaria.

Tristán Rouyer, que además es quien supervisa el marcaje del propio Tagging Tour, puso cifras sobre la mesa: una marca electrónica satélite ronda los 6.000 euros contando transmisión y el tiempo de los científicos; una marca de archivo, sin transmisión por satélite, sale por unos 700 euros, aunque hacen falta más porque hay que recuperarlas físicamente. El año pasado pusieron 35 marcas entre ambos tipos, con una hipótesis concreta: los atunes por debajo de 1,70 metros tienden a quedarse en el Mediterráneo, los más grandes se atreven con el Atlántico.

Maite Erauskin-Extramiana, la más joven del panel y la que lleva menos tiempo marcando —empezó el año pasado con tiburones en el Golfo de Vizcaya—, habló del lado incómodo del oficio. Las placas de titanio que probaron primero dejaban herida al recapturar al animal, así que ahora prueban con un aro en la aleta, que afecta menos a la hidrodinámica y causa menos daño. No lo doró: capturar y manipular un tiburón para marcarlo no es tarea sencilla, aunque lo defienda.

A Pedro Llinás le tocó hablar desde el otro lado, el de quien sale a pescar. Lleva treinta años en esto y todavía se emociona recordando su primera picada a curricán y su primera picada a brumeo. Dijo algo que se me quedó grabado: antes, si el pez se soltaba antes de subirlo a bordo, sentía frustración; hoy, cuando lo sube, lo marca y lo devuelve vivo al agua, la satisfacción es mayor que la de matarlo con quince años. A la pregunta de Fede sobre si deberían darse licencias individuales para marcar atún rojo fuera de eventos organizados como este, Pedro fue prudente: lo ve mejor tutelado, con supervisión científica en el momento, al menos por ahora.

El coste sigue siendo la barrera de fondo. Como resumió Tristán, en Francia la ley obliga a que los datos pagados con fondos públicos sean públicos; en Estados Unidos, según contó, no siempre es así, y eso frena que algunos investigadores compartan lo que tienen. Con esa reserva por delante, todos coincidieron en que el sector ha cambiado a mejor en los últimos años: se comparte más, se publica más y hay menos recelo entre grupos de investigación.

Vídeo completo: https://www.youtube.com/watch?v=vvrcYWO-Lcc

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