Miércoles 5 de junio de 2024, segundo webinar de la semana de Santa Pola. Esta vez no me quedé solo de anfitrión: Fede me sentó en el panel, junto a un grupo que él mismo calificó de lujo: el doctor Bernat Hereu, de la Universidad de Barcelona; el doctor Pablo Arechabala, del IMEDEA-CSIC; el doctor Joao Saraiva, presidente de la FIC, conectado desde Portugal; Irene Gonzalo, bióloga de Natural Reef; y Nicola Zingarelli, pescador de referencia y administrador de Garance.net.
Fede abrió distinguiendo dos visiones de la naturaleza: la ecosistémica, que entiende todos los organismos como parte de una red de interacciones, y la más antigua, la que ve la naturaleza como algo hecho para el disfrute humano. Ahí se alinearon todos. Irene contó algo que se me quedó grabado: en un biotopo artificial de 90 por 60 por 20 metros que su equipo instaló, empezaron a aparecer peces luna que van allí, según sus palabras, a su sesión de spa diaria, porque otros peces los desparasitan. Llevan un año apareciendo y ya se han acostumbrado a la presencia de los buceadores. Bernat explicó que sus estudios de telemetría acústica —marcar peces con transmisores y seguirlos con hidrófonos— han demostrado que el comportamiento varía muchísimo entre especies e incluso entre individuos de la misma especie, hasta el punto de que algunas reservas marinas pequeñas protegen a unas especies y a otras no, según su radio de movimiento.
Pablo fue directo con la pregunta que más nos incomoda a los pescadores: ¿sienten dolor los peces? La ciencia lo demostró hace más de diez años, dijo, lo que falla es que ese conocimiento tarde tanto en llegar a la sociedad. Y apuntó una razón concreta: un pez no tiene expresión facial ni emite sonidos que reconozcamos, así que nos cuesta empatizar con él igual que con un perro o un caballo.
Yo aporté mi parte con una reflexión que hice antes de conectarme: busqué en el diccionario qué es ética, qué es moral, qué es bioética, para no hablar de oídas. Y conté algo de mi propia historia: aprendí lo que era la captura y suelta hace más de veinte años en foros de pesca por IRC, con un italiano al que todos llamábamos Nicolás que explicaba el jigging, y en aquella época, en mi tienda de pesca de siempre, soltar un pescado era casi un acto de proscrito. Planteé tres ideas para entender la pesca: el engaño del señuelo, el indulto —que un pescador puede dar la vida de vuelta a su presa, algo que un cazador de caza mayor casi nunca puede hacer— y el sufrimiento, sobre el que conté una anécdota mía: un atún me rompió una rapala y media hora después, a diez millas, volví a pescar el mismo atún con las dos rapalas en la boca, comiendo otra vez. Pablo me corrigió con cuidado: no hay que humanizar el dolor de un pez ni tampoco negarlo sin más.
Ahí Pablo explicó el ikejime, la técnica japonesa de introducir un punzón en el cerebro del pez para destruir el sistema nervioso al instante, la que se usa con el atún de máxima calidad para el mercado japonés. Me confesó, de paso, que me había comprado un aparato de ikejime en aquel viaje a Santa Pola y que todavía no había encontrado el momento de dármelo. Joao añadió el dato que más me sorprendió: los receptores de dolor de los peces, los nociceptores, están concentrados sobre todo alrededor de la boca, así que el tipo de anzuelo importa, y también el tiempo fuera del agua, porque la piel se deseca y los órganos internos sufren el peso de la gravedad, algo que un pez nunca nota mientras está sumergido.
Nicola sacó el tema del barotrauma en la pesca de profundidad y un estudio sueco sobre lucios sostenidos verticalmente por el opérculo, que puede desplazarles las vísceras y matarlos días después de soltarlos sin que lo veamos. Y yo no pude callarme sobre algo que me sigue pareciendo intolerable: esos atunes que se lanzan desde la borda como un misil, o la gente que se tira al agua con ellos para la foto. Eso ya es tortura, dije, y lo sigo pensando.
Bernat cerró explicando cómo trabajan los científicos con animales: las tres erres, reemplazo, reducción y refinamiento, protocolos que pasan por un comité de ética antes de tocar un solo pez. Y anunció que Scientific Angler está preparando una academia de formación, con una comparación que entendí perfectamente por mis años dirigiendo una escuela náutica: puedes aprender a amarrar un barco a base de prueba y error, pero no puedes improvisar cuando te juegas la supervivencia. Con la ética pasa lo mismo. Terminé la charla pensando en un amigo que dejó de pescar palometón el día que entendió que el que se quedaba nadando al lado era la pareja del que acababa de sacar del agua.
Comentarios