Con problemas técnicos de arranque incluidos —Fede y yo tardamos un minuto en darnos cuenta de que la emisión no había salido—, el 4 de junio de 2024 abrí mi canal para el primero de los tres webinars de la semana de Santa Pola, la segunda misión del Tagging Tour de este año con IFREMER, esta vez con atunes de más de 200 kilos. El tema de hoy: el furtivismo en la pesca.
Fede reunió a cuatro voces con perspectivas distintas: Antonio Marzoa, patrón mayor de la Confederación de Pescadores de Blanes y presidente del MEDAC, el órgano consultivo europeo; Bernardino Alba, presidente de la Asociación Mallorquina de Pesca Responsable y de APERS; David Joanola, de la Asociación Catalana para la Pesca Responsable y pro-staff de Rapala; y Antoine Landreau, científico de IFREMER y pescador recreativo, que se conectó y se cortó varias veces a lo largo de la charla, a bordo de un barco.
Cada uno definió el furtivismo a su manera. Antonio: cualquier actividad no ajustada al marco legal. Bernardino fue más allá y distinguió tres tipos de pesca —comercial regulada, comercial no regulada y recreativa—, y situó la no regulada como un cajón de sastre que perjudica a todos. David introdujo el matiz que a mí más me interesó: hay furtivismo voluntario, el de quien conoce la norma y la incumple para lucrarse, y hay furtivismo por desconocimiento, que para él es hoy el mayoritario, alimentado por redes sociales donde ciertas técnicas parecen legales sin serlo.
Bernardino puso números encima de la mesa: en Baleares hay unas 12.400 licencias de pesca desde embarcación, 1.600 de submarina y 32.000 desde costa, frente a apenas 270 licencias comerciales. Antonio, con esa cifra en la cabeza, lanzó una comparación que no sé si es exacta pero que da que pensar: si hay tantos miles de licencias legales, calculan que puede haber el triple pescando fuera de norma.
La parte que más me sorprendió fue cuando Antonio explicó cómo se controla la pesca comercial: diario electrónico a bordo cada día, una caja azul que hay que activar antes de salir de puerto y no se puede desconectar hasta amarrar, cofradías que fiscalizan cada descarga por especie, talla y precio en lonja. Y tiró de historia: el Reglamento de Pesca y Navegación de 1772 de la provincia de Mataró ya fijaba tamaños de malla —midiendo con uno o dos dedos— y un tribunal propio, la Scorxa de Roses, para castigar a quien se saltaba las normas pactadas. Más de mil años de cofradías regulándose a sí mismas, dijo, frente a una pesca recreativa que hoy no tiene ni un marco unificado entre comunidades autónomas.
David propuso algo muy concreto para frenar la venta ilegal: cortar la cola a cualquier pieza que uno se lleve a casa, de modo que un pez sin factura y con la cola cortada delate de dónde viene si aparece en un restaurante. Antoine confirmó que esa norma ya existe en Francia, aunque casi nadie la cumple. Y añadió algo que a mí me tocó de cerca: mucha gente saca fotos con agujas o peces espada fuera del agua sin saber que esas especies tienen la pesca prohibida para recreativos, porque nadie lo comunica bien. David remató con las páginas de empresas de charter que solo cuelgan fotos de atunes saltando, dando la impresión de que todo es perfectamente legal cuando ellos, como profesionales, saben que no lo es.
Fede cerró proponiendo tres fases para reducir el furtivismo: normas claras y accesibles, apoyadas en prescriptores que difundan buenas prácticas igual que las marcas venden productos; normas construidas con los propios pescadores, como ya se hace en Cataluña con las mesas de cogestión; y más control, no necesariamente más patrulleros, sino mejores técnicas de vigilancia. Bernardino cerró con un dato que anima: en Baleares llevan doce años cortando colas por propia iniciativa, y ya hay alguien en la administración revisando publicaciones absurdas en redes para multar a quien corresponda.
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