Restauración Marina



16 de mayo de 2025, en plena semana de la misión de Ceuta, la número veintiuna charla del Tagging Tour contando presenciales y webinars. Esta vez Fede trajo a dos científicos del CSIC que trabajan la restauración marina desde extremos opuestos de la columna de agua: Jordi Griñó, del Instituto de Ciencias del Mar, especializado en hábitats profundos, y Jorge Terrados, de IMEDEA, especialista en praderas de posidonia.

Lo primero que aclararon los dos, casi con impaciencia, es qué NO es restauración. Poner un arrecife artificial sobre un fondo de arena donde nunca hubo arrecife, algo que se está haciendo en Cataluña y que a veces se vende como restauración, no lo es: es crear un hábitat nuevo donde no lo había, por bueno que sea el resultado. Restaurar es ayudar a que un ecosistema dañado por el hombre vuelva a un estado anterior que sabemos que tuvo, aunque no siempre sepamos exactamente cuál era ese estado original.

Jordi lleva desde 2018 trabajando en el proyecto LifeEcoRest, en catorce vedados de pesca de arrastre entre Girona y Barcelona, a profundidades de entre 50 y 400 metros. La red de zonas cerradas a la pesca, negociada con el propio sector pesquero catalán y valenciano, ya dio resultados en solo dos años: las poblaciones de cigala dentro de los vedados aumentaron de forma clara, con más hembras huevadas que fuera de ellos, y los pescadores empezaron a notar que fuera de esas zonas también se pescaba más. Pero los fondos, el hábitat físico en sí, tardaban más en recuperarse, así que empezaron a restaurar de forma activa: salen a faenar con pescadores de arrastre, recogen del propio descarte de la pesca organismos como gorgonias, esponjas o plumas de mar, los cuidan en acuarios a 13-14 grados, los reparan o esquejan, y los devuelven al fondo con un dispositivo que llaman bioliberador, que suelta la carga cerca del fondo para que los organismos caigan de pie, como en el bádminton, en vez de tirarlos desde la superficie.

Cada especie les ha obligado a inventar una técnica distinta. Para la pluma de mar, que pesa apenas gramos, hicieron bases cilíndricas de harina, arroz y arena que se deshacen en veinte minutos bajo el agua y dejan que el animal se entierre solo. Para el acionium, una especie que llega a suponer el 80% de las capturas accidentales de arrastre en algunas zonas, descubrieron que basta con dejarlo un par de semanas sobre un lecho de conchas para que se vuelva a fijar por su cuenta, sin pegamento artificial de ningún tipo. Y hubo un hallazgo incómodo: tras tres años buscando coral bambú, la especie que querían restaurar en los fondos de barro por debajo de los 300 metros, revisando vídeos de todo el litoral catalán solo encontraron una colonia suelta. Su conclusión es que la especie está funcionalmente extinguida en esa franja de profundidad en Cataluña, así que han reorientado el proyecto hacia esponjas del género Stelletta, más viables. Llevan ya cerca de 6.000 organismos devueltos al mar, cada uno perforado y montado a mano sobre su canto rodado.

Jorge Terrados centró su parte en la posidonia oceánica, la planta marina endémica del Mediterráneo que ocuparía, de forma natural, una cuarta parte del fondo entre 0 y 50 metros de profundidad, y que se estima que ha perdido la mitad de su superficie en el último siglo por contaminación, obras costeras, fondeos y desaladoras. Es una especie de crecimiento tan lento que, si se pierde, la recolonización natural prácticamente no ocurre: hacen falta décadas o siglos. Contó cómo plantan fragmentos de rizoma recogidos tras los temporales, o semillas de las llamadas olivas de mar, esos frutos que flotan y se secan si no se recogen en menos de 24 horas. En un proyecto financiado por Red Eléctrica en la bahía de Pollença, entre 2018 y 2020 plantaron 12.800 fragmentos de rizoma sobre dos hectáreas de mata muerta, el sustrato que deja una pradera perdida. Seis años después, la tasa de supervivencia supera el 80%, de las más altas registradas hasta ahora en este tipo de proyectos, aunque el tamaño de los fragmentos apenas ha crecido, otra prueba más de lo despacio que vive esta planta.

Los dos coincidieron en algo que a mí, como pescador, me interesó especialmente: sin la implicación real del sector pesquero, nada de esto es posible a la escala que hace falta. Jordi contó que tardaron casi tres años en ganarse la confianza de algunas cofradías, que temían que traer un coral a bordo significara perder el permiso para pescar en esa zona. El objetivo, insistió, nunca fue punitivo.

Vídeo completo: https://www.youtube.com/watch?v=Yeft9d4euxE

Comentarios