12 de junio de 2025, la víspera de que el Tagging Tour llegara a Santa Pola. Este webinar iba de algo que llevo haciendo desde hace años: meter cámaras bajo el agua para ver qué pasa realmente cuando un señuelo navega. Me acompañó el doctor Alfonso Morey, veterinario y biólogo de corazón, que pesca curricán de fondo en el Estrecho de Gibraltar.
Conté cómo empezó todo: un palo de piscina extensible con una GoPro metida en la punta, acercándola a la caña para ver cómo se movían mis rapalas. Un día se me ocurrió atornillar la GoPro a un señuelo grande de madera, ponerle otro señuelo detrás en tándem, y grabar lo que pasaba. La primera vez que lo probé se me acercó una barracuda y picó, todo grabado. Nadie había filmado nunca a un depredador aproximándose desde abajo a un señuelo en movimiento. Aquello fue, lo digo tal cual lo sentí, un chute de veneno puro en vena.
De ahí vinieron años de perder cámaras —ocho o nueve GoPros entre rocas, barcos que me cortaban el sedal y demás—, de tunear carcasas porque las lentes curvas de las primeras GoPro distorsionaban la imagen bajo el agua, hasta acabar siendo responsable del departamento técnico de GoPro en España y probador de las cámaras SpyDro. Aprendí, entre otras cosas, que un señuelo bueno recibe visitas de peces en un 80-90% de las veces sin que piquen, y que casi siempre atacan desde abajo hacia arriba, nunca en picado desde arriba. Eso cambia cómo entiendo el curricán de fondo: no tiene sentido bajar el señuelo demasiado, porque hay que dejarle al pez sitio para atacar desde su ángulo natural.
Alfonso aportó la mirada del biólogo. Explicó que el ángulo de ataque de 45 grados desde abajo es el punto ciego de visión del pez, el mismo principio por el que un halcón ataca a una paloma desde atrás y arriba. Grabó un pez globo defendiéndose de un anzuelo hinchándose hasta reventar la pinza del profundizador, y lo que él considera su hallazgo de mayor valor científico: el mecanismo de ataque de una medusa a cuatro nudos de velocidad, lanzando un filamento con precisión hacia el objetivo pese a no tener ojos, algo que cree que nadie había filmado antes. También perdió una cámara forrada de vinilo metálico dentro de la boca de un atún durante una jornada de brumeo: la primera vez el atún la escupió, la segunda se la tragó y ya no la recuperó.
Lo que más me interesó de lo que dijo Alfonso fue algo casi de estadística pesquera: cuando los estudios de pesca recreativa se basan solo en lo que un pescador saca del agua, se equivocan de base, porque detrás de cada captura puede haber doscientas visitas que nunca se cuentan. Él mismo calcula un ataque por cada dos horas de grabación en su zona del Estrecho, con jornadas de hasta doscientas visitas registradas sin una sola captura. Ese dato, dijimos los dos, valdría la pena mandárselo a quien hace estudios de impacto pesquero basados solo en desembarques.
Alfonso también habló del falso abadejo como marcador de la salud del ecosistema, tan agresivo y valiente atacando cebos que desaparece el primero en zonas con sobrepesca, y contó una escena que grabó en su litoral: un falso abadejo se soltó del anzuelo y, treinta segundos después, un dentón atacó exactamente en el mismo ángulo de 45 grados. Cerramos coincidiendo en algo sencillo: la cámara no miente. El señuelo que funciona, funciona, y eso se ve, no se opina.
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