El jigging vive en vertical. Se deja caer un jig, un señuelo de metal alargado y pesado, hasta el fondo del mar, y se trabaja de vuelta hacia arriba con una subida rápida, explosiva y sin pausas, a base de tirones fuertes de muñeca uno detrás de otro, y ese ritmo no es casual, imita a un pez sano que ha detectado el peligro y huye a toda velocidad hacia la superficie, no a uno herido, y esa diferencia importa porque cambia la urgencia del ataque, a una presa que se le escapa el depredador la persigue ya, sin pensárselo, porque si no la pierde, y por eso la mayoría de las picadas de jigging llegan de golpe, con fuerza, sin avisar.
Se pesca con el barco parado o a la deriva, siempre sobre una marca que antes ha localizado la sonda, porque sin depredador identificado en pantalla no hay jigging que valga, el jig puede caer perfecto y no pasar nada si debajo no hay nadie esperando. La profundidad manda mucho más de lo que parece a primera vista, por debajo de veinte metros el pez ve el barco encima y la presentación se delata, así que la disciplina empieza de verdad en torno a los treinta o treinta y cinco metros de fondo practicable, y la franja donde mejor funciona está entre los cincuenta y los ochenta, que es donde yo la pesco, en Alicante, sobre piedras, pecios y secos donde la sonda marca bola de pescado. En cuanto a la época, depende de la especie a la que vayas, pero por norma general la practico de noviembre a mayo.
La caída es la mitad de la técnica que casi nadie explica bien. El jig no baja como una bala, según su forma y su peso dibuja un patrón de zetas o de sierra que parece aleatorio y no lo es, y buena parte de las picadas se dan justo en esos últimos metros de bajada, antes de cerrar el pick-up del carrete, así que hay que estar atento durante toda la caída y no solo cuando se empieza a subir, que es el error más habitual de quien empieza, mirar el jigging como una técnica de subida y perderse la mitad de las picadas por el camino. Se nota el contacto de tres maneras, un roce cualquiera mientras baja, una picada franca en plena caída, con el pez entrando antes de que el jig llegue al fondo, o el toque de fondo, el momento exacto en que la caída se acaba, y con corriente fuerte esa sensación desaparece del todo, no se nota peor, deja de notarse, así que cuando eso pasa lo que hay que hacer es subir peso, no insistir con el mismo jig esperando que aparezca.
Una vez abajo, la subida es veloz, explosiva y continua, sin cortes ni pausas que le den al pez tiempo para dudar, se sube hasta media agua, se abre el carrete, se deja caer otra vez al fondo, y se repite, jornada tras jornada, tantas veces como haga falta. Esto es justo lo que separa el jigging del slow jigging, que busca lo contrario, el nadar errático de un pez herido, con golpes secos y lentos en vez de tirones fuertes y continuos, aquí no hay golpe seco ni pausa que valga, aquí manda la fuga, no la debilidad.
Las especies que sostienen esta pesca en mi zona son el dentón y la serviola, que también llamo lechola, presentes los dos casi todo el año. La sama entra alguna vez, aunque aquí se coge mejor al vivo y al jigging es rara. De forma circunstancial caen lubina, dorada, gallo de San Pedro, gallineta o escórpora, si se les deja el jig el tiempo suficiente en la boca. El mero merece mención aparte porque enseña cuándo falla la técnica, pica de forma explosiva, come por absorción, y se enroca al instante, y un mero enrocado es casi siempre un mero perdido, la línea rompe al roce con la piedra, no por un fallo del material sino por cómo es el animal. Fuera de mi zona sé que se pesca también abadejo en el Cantábrico y corvina en Andalucía, aunque eso no lo he pescado yo y no lo puedo contar de primera mano.
El señuelo de referencia es el jig metálico, alargado, con anzuelo asistente. También pesco jigging con vinilo, un tipo de señuelo blando que trabajo con la misma técnica de caída y subida, y como ahí sí hay diseño y marca propia de por medio, no cabe despachado en un párrafo, lo contaré aparte.
El equipo
La caña tiene que ser dura, porque cada golpe de muñeca tiene que mover el jig entero, y una caña blanda se limita a absorber ese golpe en vez de transmitirlo al señuelo. El carrete es más una cuestión de preferencia que de criterio técnico, bobina fija o giratoria pescan exactamente igual, en tamaños de 8 a 12 y hasta 30 libras de resistencia en los más grandes. El trenzado es obligatorio, no hay alternativa razonable, porque a cincuenta metros de profundidad el nylon estirado retrasa la sensación de la picada lo suficiente como para perderla sin darte cuenta, y remato con una o dos brazas de fluorocarbono en la punta para que el pez no vea la zona del jig. Como referencia de marcas manejo Shimano Stella, Daiwa Saltiga y Penn, y también Pro Hunter, con quien tuve vínculo comercial en su día y lo digo aquí una sola vez porque es donde corresponde, no hace falta el carrete más caro del mercado para hacer las mejores pescas, y lo digo porque se suele dar por hecho lo contrario y no es verdad. Para empezar, mejor jigs ligeros, de unos noventa gramos como máximo, ya habrá tiempo de subir de peso cuando se le coja el punto al movimiento de caña y muñeca, que es lo único que de verdad se aprende con horas de mar.
Consejos para quien empieza
Si vas a iniciarte en esta pesca, estas son las cosas que yo cambiaría primero. Compra un equipo de iniciación, no el más profesional que encuentres, porque si después de probar la disciplina no te engancha, y a algunos no les engancha, no quieres haber gastado en un equipo que se quede en el armario. Sal primero a zonas que ya conozcas, o que conozca quien te lleve, antes de arriesgarte con marcas nuevas por descubrir, porque no encontrar pescado en un sitio que no conoces mata la ilusión mucho más rápido que en uno de confianza. Busca especies fáciles al principio, los pecios son un buen sitio y el jurel una presa agradecida, eso te deja concentrarte en coger el movimiento de caña y jig sin la presión de tener que acertar con algo difícil. Cuida la forma física, esta pesca castiga el torso y los brazos, así que conviene calentar antes de empezar y arrancar la jornada con movimientos suaves, subiendo el ritmo poco a poco, y por eso conviene también empezar con jigs ligeros, como decía antes, de unos noventa gramos como máximo. Y cambia de sitio a menudo, si después de ocho o diez minutos dejando caer el jig no hay contacto, no merece la pena insistir ahí, mejor moverse a probar otro punto, el jigging es una pesca dinámica, no hay ancla que levantar, y en una buena jornada se pueden probar entre diez y veinte sitios distintos.
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